Mi pecado del huevo de Pascua

Mi pecado del huevo de Pascua

Mi abuelo, que regentó un bar y después una panadería, tenía contactos hasta en el infierno. Le conocía toda la ciudad y siempre llegaba a casa con cosas extrañas como diez latas de un kilo de Bonito del Norte, bolsas llenas de lana sin hilar o algún animal vivo como un par de gallinas. Recuerdo que durante mi niñez, en Pascua, siempre aparecía con un gran regalo para sus nietos que seguro le entregaría algún amiguete en concepto de pago: un huevo de chocolate de al menos tres palmos de alto.


El huevo no era un simple huevo de chocolate. Cuando rompíamos la cáscara tal como si fuéramos a hacer una tortilla de chocolate, aparecían al menos diez bolas de plástico amarillas idénticas a las que llevan en sus entrañas sus hermanos pequeños, los huevos Kinder. Nos repartíamos los muñequitos a partes iguales entre mi hermano y  yo y mi madre guardaba el super-huevo en la bandeja superior del frigorífico, para evitar que se derritiera en casa.
Pero yo tenía un problema, un problemón en mi condición de niña: tenía alergia al chocolate. Era probarlo y al día siguiente me salían un millón de granos por todo el cuerpo. No podía tomar cola-cao (desayunaba Eko), no podía comer palmeras de chocolate (merendaba palmeras de coco), no podía ni robar un huesito, con lo que me gustaban los huesitos… Así que para mi era una gran tortura abrir la nevera y encontrarme cada día, durante una larga semana, el super-huevo de chocolate justo frente a mis ojos a un metro treinta de altura. Siempre picaba. Siempre comía un trocito a escondidas. Y mi madre siempre me cazaba, a las 24 horas de haber cometido el pecado del huevo de pascua.

Guardo este recuerdo en mi caja de recetas,  porque estoy segura de que en el futuro estos ingredientes me ayudarán a crear una historia sabrosa, con sabor a chocolate y a pecado.

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